Cuando el abogado pierde el juicio: ¡esto está ganado!

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Cuando el abogado pierde el juicio: ¡esto está ganado!

Óscar Fernández León

Dicen que el colmo de un abogado es perder el juicio. Sin embargo, yo creo que no, que lo peor que puede pasarle al abogado, esto es, el colmo, es decirle al cliente que el juicio está ganado antes de que el juez dicte la sentencia.

Este grave error suele darse bajo diversas modalidades, desde la afirmación absoluta hasta manifestaciones, verbales y no verbales dirigidas al cliente, que acentúan la idea de que el asunto va a salir bien y que no hay que preocuparse por nada.

Veamos algunos ejemplos de respuestas evacuadas tras la inquieta pregunta del cliente en ascuas ¿Cómo lo ve don Manuel?

“Paco, esto está ganado”

“Pues tengo muy buenas vibraciones, la verdad es que ha salido todo a pedir de boca”

“Nada Paco, tranquilo, que en breve lo vamos a celebrar”

Esta conducta, que puede producirse tanto en la fase de encargo del asunto como en la fase de posterior a la celebración del juicio, constituye un error en el que quien más y quien menos han caído alguna vez. ¿Por qué negarlo? En ocasiones, los juicios salen redondos (lo cual es excepcional) y todo aventura una resolución favorable, sensación que unida al optimismo exacerbado del cliente, y a al aumento de la autoestima del letrado que, alagado en su vanidad, cae en dicho error casi inconscientemente.

Sigamos con nuestra extraña pareja:

“Si, si… don Manuel ¿Ha visto Vd. como el juez tomaba nota de todo lo que Vd. decía? Del otro abogado no ha tomado ni la mitad…”

No me diga Paco…La verdad es que si, que el juez ha estado muy receptivo con nuestros argumentos. Si, si, me voy muy contento.

Otras veces es el propio cliente el que incentiva al optimismo del letrado, que así incurre en el error.

“Don Manuel, si esto sale, la mariscada nos la pegamos”

“Pues nada Paco, pero yo invito, que conste”

Creo que a estas alturas los lectores del post no tendrán duda alguna de que este proceder es completamente contraproducente. No obstante, vamos a adentrarnos en las razones de esta conclusión respondiendo a la pregunta de ¿por qué esta conducta es errónea?

Porque el resultado del juicio no depende del abogado, y dan prueba de ello los numerosos factores que, ajenos al mismo, pueden determinar el sentido del fallo:
– La propia complejidad y dificultad de las circunstancias de hecho y de derecho del caso encomendado.
– La solidez de los argumentos de la parte contraria.
– La capacidad persuasiva del letrado contrario en comparación con la nuestra.
– La intervención defectuosa o imprevista de nuestros testigos y peritos.
– La ausencia inesperada de algún testigo y perito sin que se acuerde la suspensión del juicio.
– La imposibilidad de desarrollar nuestra defensa como estaba inicialmente prevista (limitación de número de personas interrogadas, de preguntas, de la duración del informe, etc…)
– Y como no, el factor soberano: que la decisión la adopta el juez.

Porque al realizar tales afirmaciones, estamos golpeando en el corazón de un elemento esencial de la relación abogado-cliente: la creación de expectativas potencialmente equivocadas.

Efectivamente, si una vez iniciada la relación profesional con el cliente esté tiene unas determinadas expectativas sobre nuestros servicios, y éstas no se cumplen, no habremos aportado valor a la relación, lo que supondrá la insatisfacción del cliente. En la medida en que esas expectativas sean realistas (contribuyendo los abogados a su fijación), las posibilidades de añadir valor a nuestro servicio serán mayores.

A la vista de los anteriores argumentos, que deben ser intuidos por todo abogado, nos hacemos la pregunta ¿Y por qué se sigue cometiendo este error?

Preguntando entre compañeros y por propia experiencia, estimo que hay, al menos, cuatro causas:

1ª Por desconocimiento y falta de práctica. Esta falta solo es atribuible a la ausencia de experiencia y es absolutamente perdonable siempre y cuando se aprenda tras el primer batacazo, a no caer en el mismo error.

2ª Por falta de independencia, especialmente cuando el error se comete al aceptar el encargo sobre la base del éxito seguro de nuestra defensa. En estos casos, por cuestiones económicas, se estaría vulnerando dicho principio y, por supuesto, perjudicando abiertamente los intereses de nuestro cliente.

3ª Por temor al cliente, quien por su forma de ser, carácter e influencia sobre el letrado impone el despropósito y el abogado confirma el mismo. Aquí también podríamos hablar de falta de independencia en el momento de aceptar el encargo.

4ª Por falta de profesionalidad ya que el letrado es consciente de que existe un riesgo de pérdida del asunto, pero aun así contenta al cliente.

Yo ya aprendí la lección, pues he caído alguna vez en un optimismo contagioso del cliente y recíproco que me ha hecho enviar mensajes más positivos de la cuenta para luego, ¡Zas! el batacazo doble (recibir la noticia y luego contársela al cliente, y de la mariscada, mejor no hablar). Ahora soy más prudente, sin dejar de animar al cliente y transmitirle mi voluntad absoluta de ganar, siempre digo tras el juicio que la suerte está echada, que hemos hecho lo que teníamos que hacer y que ahora toca esperar, ya que el juez tendrá que decidir. Nada de celebraciones, fiestas y hacer de augur interpretando los gestos del juez, del contario o del aleteo del pajarillo que se posa en el alfeizar de la ventana de la sala de vistas…

¿Cómo lo ve don Manuel?

Vamos a esperar Paco, hemos hecho todo lo previsto, ahora solo falta que Su Señoría decida (acompañado de un lenguaje no verbal de tranquilidad, prudencia y seguridad)

En definitiva, ¿sabéis donde queda todo tras el juicio? Pues dentro del expediente, debidamente archivado y a la espera de desempolvarlo en una quincena, un mes, tres meses o algo mas…

Óscar Fernández León
Socio Director de LEON & OLARTE FIRMA DE ABOGADOS, SLP y Experto en Gestión y Organización de Despachos Profesionales

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